¡Que la costumbre de la renuncia no congele el ardor de los deseos!

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El valioso consejo de Max Stirner: ¡Que la costumbre de la renuncia no congele el ardor de los deseos!

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Hoy, la costumbre de la renuncia congela el ardor de los deseos, escribió el filósofo Max Stirner notando cómo nuestra tendencia a resignarnos a las normas o a lo que se supone que debemos hacer termina soterrando nuestras ilusiones y sueños, hasta el punto que no solo nos olvidamos de ellas, sino que nos olvidamos del propio acto de soñar y desear.

Casi dos siglos han pasado desde que escribió aquellas palabras, pero la sociedad poco ha cambiado desde entonces porque continúa ejerciendo una enorme presión sobre el individuo para que se amolde a sus reglas explícitas e implícitas, aunque para ello tenga que sacrificar sus sueños, su propio “yo” e incluso su vida.

De sueños olvidados y pragmatismo encubierto bajo dogmas

Una década más tarde, otro filósofo, del otro lado del océano, escribió algo similar.

Henry David Thoreau no nos invitaba a ser pragmáticos y tener los pies en la tierra, sino justo lo contrario, nos animaba a soñar.

“Si ya has levantado castillos en el aire, tu trabajo no tiene por qué ser vano, ahí es donde debieran estar; ponle ahora los cimientos”.

Ambos filósofos animan a subvertir la manera en que nos han enseñado a hacer las cosas, como ellos mismos hicieron.

Ninguna forma de pensar o hacer, por antigua que sea, puede ser tomada a pies juntillas”, aseguraba Thoreau.

“Lo que todo el mundo celebra o admite hoy en silencio puede revelarse falso mañana”.

El simple hecho de que la mayoría siga un camino predeterminado, con ciertos hitos que se deben ir alcanzando a cierta edad, no implica que ese sea el mejor camino para nosotros. Por eso, ambos filósofos nos invitan a seguir nuestra brújula interior, en vez de tomar decisiones vitales guiándonos únicamente por una aparente racionalidad, que en realidad es solo un nombre en clave para las convenciones sociales.

En vez de preguntarnos “¿Qué debo hacer?”, deberíamos preguntarnos “¿Qué quiero hacer?”. Y luego buscar los medios para ello.

Stirner pensaba que posibilidad y realidad son inseparables. No se puede hacer lo que no se hace, como no se hace lo que no se puede hacer”. Sin embargo, atrapados en ese laberinto tautológico, somos incapaces de ver la salida porque en nuestra mente se han fijado tanto los conceptos de realidad y pragmatismo que hemos dejado los sueños al dominio de los niños o los ilusos. Y nos sentimos orgullosos de ello.

Sin embargo no nos damos cuenta, que la tendencia a sacrificar nuestros sueños –aplaudida por la sociedad y asumida a menudo como una especie de sacrificio iniciático para entrar en ella– termina por convertir nuestra alma en un terreno yermo, donde ya no florece ninguna ilusión de cosecha propia, alejándonos de nuestro “yo”.

Quien no es nada más que lo que hacen de él las circunstancias o la voluntad de un tercero, posee solamente lo que ese tercero le concede, una de las frases de Max Stirner que resume su pensamiento.

Cuando somos incapaces de desear por nosotros mismos, solo podemos mirar fuera en busca de los puntos cardinales perdidos, para desear lo que desean los otros, sembrar lo que siembran los otros y, por supuesto, cosechar lo que cosechan los otros; y ese es el principio del fin.

Sé todo lo que puedas ser

¿De qué sirve al hombre conquistar el universo si con ello daña su alma?”, se pregunta Stirner.

¿De qué vale una vida dedicada a perseguir sueños ajenos? ¿Una vida llena de ideas fijas que terminan poseyéndonos en tanto dictan prácticamente todas nuestras decisiones?

El filósofo perfilaba un posible camino: oponer la espontaneidad de la inspiración a la pasividad de la sugestión y lo que nos es propio a lo que nos es dado”. Ensalzaba los sueños, las ilusiones y los deseos propios como antídoto a las expectativas sociales.

Nos decía, Conózcanse a ustedes mismos […] Abandonen sus esfuerzos hipócritas, esa manía insensata de ser otra cosa que lo que son”. Su grito de identidad aún resuena: Quiero ser todo lo que puedo ser”.

Fuente: Stirner, M. (1976) El único y su propiedad. Pablos Editor: México.

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