“Espero que este articulo personal, el cual fue escrito con base a la experiencia que la misma vida me ha dado sea una reflexión para todas aquellas personas que se interesan en esta preciosa profesión; no olviden que al final el psicólogo es también un ser humano”.
Atentamente…
Psic. KIKE HERCI
CONTACTO
(+52) 229 – 257 – 5180 
kikeherci@centrodeatencionintegral.com
kikeherci
kikeherci
UN BALSAMO PARA LAS HERIDAS DEL PACIENTE
Después de más de veinte años en consulta, he recibido a muchas personas que llegan cuando ya no pueden más. Entran al consultorio con el rostro cansado, la voz entrecortada y la sensación profunda de que todo se ha salido de control. No es que el problema haya nacido de repente; generalmente ha crecido en silencio, alimentado por la postergación, el miedo o la esperanza de que “se resolverá solo”. Y cuando finalmente buscan ayuda, sienten que han llegado al límite.
En esos momentos de crisis o desesperación, mi primera tarea no es analizar, es contener. Es ofrecer un espacio donde puedan respirar nuevamente, donde sus emociones no sean juzgadas y donde el caos encuentre un primer orden. La angustia suele nublar la percepción, haciendo que todo parezca definitivo, irreversible, catastrófico.
Con experiencia y serenidad, ayudo a neutralizar esas emociones intensas que distorsionan la realidad. No minimizo el dolor, pero sí lo dimensiono.
Acompaño a la persona a recuperar perspectiva, a comprender que, aunque la situación sea compleja, no necesariamente es tan grave ni tan irremediable como su mente le hace creer en ese instante.
He sido testigo de algo poderoso: cuando la emoción se regula, la claridad regresa. Y cuando la claridad regresa, aparecen alternativas que antes no podían verse.
La crisis, bien acompañada, puede convertirse en un punto de inflexión. No es el final; muchas veces es el inicio de una reconstrucción más consciente y más fuerte.
Y mi compromiso, desde la experiencia y la vocación, es caminar junto a cada persona hasta que vuelva a descubrir que sí hay salida, que sí hay opciones y que sí es posible recuperar el equilibrio.
UN ORIENTADOR
Después de más de veinte años acompañando procesos humanos, he confirmado que no todas las personas llegan a consulta en medio de una crisis evidente. Muchas veces acuden porque se encuentran en una encrucijada. No hay un “problema” como tal, sino una decisión que pesa, un camino que se bifurca, una duda que no les permite avanzar con tranquilidad.
Son personas que han pensado sus opciones, que han analizado escenarios, que incluso tienen claridad sobre lo que está ocurriendo… pero sienten incertidumbre al elegir. Y esa incertidumbre, cuando se prolonga, también desgasta emocionalmente.
En esos momentos, mi papel no es decidir por ellas, sino ofrecerles un espacio de reflexión profunda y ordenada. A través del diálogo consciente, del análisis objetivo y del contacto con sus propias emociones, vamos desmenuzando cada alternativa. Revisamos implicaciones, miedos, deseos, valores y consecuencias. Muchas veces, en ese proceso, surgen nuevas posibilidades que antes no habían sido contempladas.
La experiencia me ha enseñado que cuando una persona logra alinear su decisión con su historia, sus principios y su bienestar emocional, la duda se transforma en certeza serena. No porque el camino sea perfecto, sino porque fue elegido desde la conciencia.
Acompañar este tipo de procesos es un privilegio. Porque no se trata solo de resolver una elección puntual, sino de fortalecer la capacidad interna para tomar decisiones futuras con mayor seguridad, autonomía y madurez emocional.
Y cuando alguien descubre que puede confiar en su propio criterio, algo muy profundo se ordena dentro de sí.
EVALUADOR
He aprendido que cuando un niño o un adolescente manifiesta conductas como agresividad, apatía, rebeldía, indiferencia, bajo rendimiento escolar, ansiedad o nerviosismo, no estamos frente a “un problema”, sino frente a un mensaje. Y mi responsabilidad como psicólogo es descifrarlo con sensibilidad y precisión.
En estos casos asumo el rol de evaluador, no para etiquetar, sino para comprender. A través de entrevistas clínicas y baterías psicométricas adecuadas a cada edad y situación, busco identificar con claridad qué está ocurriendo en el mundo interno del menor. Porque detrás de una conducta desafiante puede haber tristeza; detrás del bajo rendimiento, inseguridad; detrás de la agresividad, una profunda necesidad de ser escuchado.
El diagnóstico no es un juicio, es una brújula. Nos permite entender el origen de lo que está sucediendo y orientar el camino de intervención. A partir de ahí, ofrezco a la familia sugerencias prácticas y concretas para comenzar a ordenar el entorno, ajustar dinámicas y establecer límites saludables mientras iniciamos el proceso terapéutico, ya sea individual o familiar.
He visto cómo, cuando se comprende la raíz del comportamiento, cambia por completo la manera de intervenir. El niño deja de ser “el problema” y se convierte en alguien que necesita acompañamiento. La familia deja de sentirse perdida y comienza a actuar con mayor claridad y firmeza emocional.
Porque cuando evaluamos con responsabilidad y tratamos con empatía, no solo corregimos conductas: ayudamos a reconstruir seguridad, autoestima y equilibrio emocional desde la base.
MEDIADOR O CONCILIADOR
A lo largo de más de dos décadas acompañando historias humanas, he aprendido que los conflictos de pareja y las fracturas en la estructura familiar no aparecen de un día para otro; se gestan en silencios acumulados, emociones no expresadas y heridas no resueltas.
Cuando una pareja llega a consulta, mi primer compromiso es crear un espacio seguro. Un espacio donde ambos puedan sentirse escuchados sin juicio. Observo, escucho con atención profunda y contengo. Porque muchas veces, antes de buscar soluciones, es necesario ordenar el caos emocional que los trajo hasta aquí.
Mi labor no es señalar culpables, sino ayudar a poner claridad en la dinámica que se ha construido. Acompaño a cada persona a reconocer su responsabilidad dentro del vínculo: a identificar sus errores sin culpa destructiva, a comprender el impacto de sus acciones, a reflexionar con honestidad y a aprender a regular sus emociones. Solo desde esa conciencia es posible modificar conductas y asumir las consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer.
He visto cómo, cuando ambos se permiten este proceso con madurez, se abren posibilidades reales de cambio. Se pueden establecer acuerdos más conscientes, límites más sanos y formas de comunicación más respetuosas. Y aun cuando la decisión no sea continuar juntos, el objetivo siempre es el mismo: que cada uno salga fortalecido, con mayor claridad emocional y con herramientas para construir vínculos más saludables en el futuro.
Porque una relación no se transforma con promesas momentáneas, sino con trabajo interno profundo. Y cuando ambas partes están dispuestas a mirarse con honestidad, el bienestar común e individual deja de ser una meta lejana y comienza a convertirse en una realidad posible.
CONFERENCISTA
He comprendido que el trabajo del psicólogo no se limita únicamente al consultorio. Existe un rol profundamente valioso que muchas veces marca el primer paso hacia la transformación: la labor formativa y de conferencia.
He descubierto que, a través de una conferencia bien dirigida, es posible llegar de manera sutil, respetuosa y profundamente humana a aquellas personas que aún no se sienten listas para enfrentar directamente sus conflictos. Personas que, por miedo, resistencia o desconocimiento, postergan atender situaciones que ya están afectando su salud física y emocional.
La conferencia se convierte entonces en un puente. Un espacio seguro donde la información, la reflexión y la conciencia comienzan a abrir grietas en la negación. No se confronta, se acompaña. No se impone, se invita. Y muchas veces, en ese entorno colectivo, alguien logra identificarse, comprenderse y aceptar que necesita ayuda.
He sido testigo de cómo una sola charla puede sembrar la semilla del cambio. Porque cuando una persona entiende lo que le sucede, cuando pone nombre a su ansiedad, a su estrés, a su dolor emocional, algo comienza a ordenarse en su interior.
Por eso considero este rol indispensable y me gusta mucho porque: es una herramienta eficaz, ética y profundamente humana que permite acercarnos a quienes más lo necesitan, incluso cuando todavía no lo saben. Y en ocasiones, esa primera toma de conciencia es el inicio de un proceso terapéutico que transforma vidas.
UN SIMPLE SER HUMANO

Después de más de veinte años ejerciendo la psicología, asumiendo distintos roles —terapeuta, orientador, evaluador, mediador, conferencista— he comprendido que, por encima de cualquier técnica, diagnóstico o estrategia, existe algo infinitamente más importante: el ser humano.
Más allá del motivo de consulta, del conflicto de pareja, de la conducta del hijo o de la crisis personal, lo verdaderamente esencial es la persona que tengo frente a mí.
- Su historia.
- Sus heridas.
- Sus miedos.
- Sus sueños.
- Su dignidad.
La intervención terapéutica puede apoyarse en teorías, pruebas y metodologías —y deben hacerse con rigor—, pero si no está profundamente centrada en la humanidad del paciente, pierde su esencia. Porque no trabajo con “casos”, trabajo con vidas; con personas que sienten, que sufren, que aman y que buscan comprenderse.
Con los años he confirmado que la herramienta más poderosa en consulta no es solo el conocimiento, sino la presencia auténtica. Escuchar sin juicio. Acompañar sin imponer, sostener sin invadir, creer en la capacidad de transformación del otro, incluso cuando él mismo la ha olvidado.
Al final, todo se resume en eso: recordar que antes que cualquier rol profesional, estamos frente a un ser humano que merece respeto, empatía y una intervención profundamente ética y compasiva.
Porque cuando el ser humano es el centro, la terapia deja de ser un procedimiento y se convierte en un verdadero encuentro transformador.
TENER LA CAPACIDAD DE AMAR
He comprendido que uno de los aprendizajes más profundos y transformadores que podemos experimentar es el amor — y no un amor idealizado, sino real, completo y sin reservas.
Amar sin inhibiciones significa abrir el corazón incluso cuando existe miedo a la herida, entregar confianza aún después de decepciones, y permitirse sentir con intensidad cada gesto, cada palabra, cada instante compartido. No importa la circunstancia: el amor no espera a que todo sea perfecto; se vive, se reconoce y se aprende en los momentos más simples y a veces más inesperados.
He visto cómo, cuando alguien se permite amar plenamente, incluso frente a dudas o incertidumbre, surge una fuerza interna que reconcilia heridas, fortalece vínculos y genera una conexión auténtica consigo mismo y con los demás.
Experimentar el amor sin inhibiciones es, en definitiva, una forma de sanarse desde la raíz, de vivir la vida con plenitud y de descubrir que el corazón humano tiene una capacidad infinita para crecer y transformarse.
TENER LA CAPACIDAD DE REIR
He aprendido que la vida nos presenta momentos de todo tipo: algunos llenos de luz y otros cargados de dificultad. Sin embargo, la verdadera fuerza del ser humano radica en la capacidad de encontrar el lado ameno de la vida, incluso en medio de cualquier circunstancia.
He visto cómo pequeñas acciones —una sonrisa compartida, una palabra sincera, un gesto de cariño— pueden transformar un instante común en un momento profundamente significativo.
Compartir un instante especial con quienes nos rodean no solo enriquece nuestra experiencia, sino que también siembra semillas de alegría y comprensión en los demás, quienes podrán, a su vez, devolvernos apoyo y compañía cuando la tristeza toque nuestra puerta.
Aprender a disfrutar y valorar esos momentos es, en esencia, un acto de resiliencia y de conexión humana. Es reconocer que la vida no espera a que todo sea perfecto para ser vivida, y que cada encuentro, cada risa, cada instante compartido, es un puente que nos sostiene y nos recuerda que, incluso en la tristeza, nunca estamos completamente solos.
TENER LA CAPACIDAD DE ESTAR TRISTE
He aprendido que la tristeza no es un enemigo; es una visitante necesaria que nos recuerda nuestra humanidad. A veces sentimos la necesidad de dejarnos envolver por ella, de detenernos y reconocer el peso de lo que sentimos.
Sin embargo, muchas personas rechazan esta pausa, sienten que “no tienen tiempo” para la melancolía, o que cederle un instante a la tristeza es un lujo innecesario para su espíritu. Y es comprensible: vivimos en un mundo que nos empuja a la rapidez, a la acción constante y a disfrazar lo que duele.
Pero la experiencia me ha enseñado que aceptar la tristeza, ofrecerle incluso una taza simbólica de atención y cuidado, no nos debilita; nos fortalece. Nos permite comprender lo que necesitamos, reconciliarnos con nuestros límites y reconocer que, después de esa pausa, la vida puede sentirse más ligera y nuestra resiliencia más profunda.
La melancolía, bien recibida, se convierte en maestra: nos recuerda que sentir es vivir, y que cuidar nuestro espíritu también implica aprender a acompañar nuestras propias emociones, sin prisa ni juicio.
TENER LA CAPACIDAD DE ESTAR EN SOLEDAD
He comprendido que la reflexión y la pausa no son signos de debilidad, sino de sabiduría. Muchas veces necesitamos detenernos, respirar y mirar hacia adentro para encontrar ese espacio de paz que nos permite descansar del mundo abrumador que nos rodea.
En ese silencio, en esa pausa consciente, encontramos claridad. Podemos observar lo que nos agobia, reconocer nuestras emociones y recargar fuerzas. Es allí donde surgen los nuevos bríos, la energía renovada para enfrentar los retos, los conflictos y las adversidades que la vida inevitablemente nos presenta.
He visto cómo quienes aprenden a hacer de la reflexión un hábito, descubren que la calma interior no es un lujo, sino un recurso esencial. Y cuando esa paz se instala, incluso por momentos, la vida deja de sentirse tan pesada y el camino se vuelve más claro, más firme y más esperanzador.
TENER LA CAPACIDAD DE SER HUMILDE
Después de más de veinte años acompañando a personas en sus procesos de crecimiento, he aprendido que la humildad es una de las herramientas más poderosas que podemos cultivar.
Ser humilde no es debilidad, sino valentía: es reconocer nuestras propias limitaciones, aceptar los errores que hemos cometido y dar el primer paso hacia la transformación personal.
Es en ese acto de honestidad con nosotros mismos donde comienza el verdadero mejoramiento del ser. Cada error asumido con conciencia se convierte en una oportunidad de aprendizaje; cada rectificación nos acerca un poco más a la versión de nosotros mismos que deseamos ser.
He visto cómo quienes se atreven a mirarse con humildad desarrollan fortaleza emocional, claridad en sus decisiones y una profunda capacidad para crecer de manera constante. Porque la transformación genuina no llega con la perfección, sino con la disposición de aprender, corregir y avanzar con el corazón abierto.
TENER LA CAPACIDAD DE SER PACIENTE
He aprendido que el verdadero crecimiento surge cuando nos atrevemos a ponernos a prueba. Mirarnos de frente, desafiar nuestras creencias, enfrentar nuestras limitaciones y explorar lo desconocido no siempre es fácil, pero es necesario.
Al hacerlo, nos conectamos con nuestra esencia más profunda y descubrimos una fuerza interna que muchas veces ignorábamos. Cada desafío asumido con conciencia nos guía hacia un bienestar pleno, integral y auténtico, donde cuerpo, mente y emociones encuentran equilibrio.
He visto cómo quienes se atreven a este ejercicio de honestidad y valentía no solo superan obstáculos, sino que aprenden a vivir con mayor claridad, propósito y serenidad. Porque el camino hacia un bienestar cabal comienza cuando nos enfrentamos a nosotros mismos con respeto, coraje y apertura.
TENER LA CAPACIDAD DE MEDITAR
He aprendido que detenernos a meditar sobre lo que hemos hecho y lo que estamos haciendo no es un simple ejercicio de reflexión; es un acto transformador. Nos eleva a otro plano como seres humanos, nos permite mirar nuestra vida con claridad y responsabilidad, y nos abre la posibilidad de mejorar no solo nuestra condición, sino también la de quienes nos rodean.
En esa pausa consciente, la energía comienza a fluir a través de nosotros: los pensamientos se ordenan, las emociones se equilibran y la conexión con nuestra esencia se fortalece. Meditar nos recuerda que cada acción tiene un impacto, que cada elección puede generar bienestar o aprendizaje, y que somos parte de un todo donde nuestra consciencia importa.
Y la más indispensable, como seres humanos, es la capacidad de mirar nuestro interior con sinceridad y apertura, porque solo al conocer y comprender nuestro propio ser podemos vivir de manera plena, auténtica y profundamente conectada con los demás.
TENER LA CAPACIDAD DE PERDONAR
#SaludMental #EquilibrioEmocional #VidaEnArmonia #VidaEnPlenitud #KikeHerci #Psicologia #SanandoRaices

Este obra cuyo autor es Psic. Kike Herci está bajo una licencia de Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional de Creative Commons.
Creado a partir de la obra en www.centrodeatencionintegral.com
<
p style=»text-align: center»>

sabe me ha servido de mucho sus articulos, pues trabajo en el area psicopedagogico sin serlo todo lo hago por fuerza propia o sea soy autodidactica, pues soy profesora de nivel primaria y tabajo en la oficina de educación catolica ODEC-A ayacucho Perú…. muchas gracias por sus articulos..Dios lo vendiga por siempre.
Me gustaMe gusta